Vemos por Partes
miércoles, 1 de mayo de 2013
Unico texto de este blog.
PARTE 1
Dicen los psicólogos que los niños de menos de cuatro años no tienen miedo a nada. Que ese sentimiento aparece recién a los cuatro. Será después del complejo de Edipo, calculo, aunque no entienda del todo ese proceso. Solo escuché hablar un poco sobre el tema, sin embargo, leí Edipo Rey.
Mi nombre es Juliana. Cuando era muy chiquita tenía una vecina que era además, mi amiga. La llamaré Elle. En la foto de mis primeros pasos aparece junto a mí su hermana mayor. Siempre miro esas fotos esperando que entre las personas que me rodean esté ella, pero es seis meses más chica que yo, así que en ese tiempo paseaba solamente en brazos de su madre que, dicho sea de paso, no sale en ninguna de las fotos que aún conservo. Elle vivía con su madre, su padre y sus hermanos maternos en la casa junto a la mía. Yo vivía con mi madre, mi padrastro, mi abuela y mi tía, a mis tres años llegó mi hermano, no recuerdo a mi madre embarazada, solamente vi las fotos. Mi madre cuenta que cuando me dijeron mirá, este es tu hermanito, le pegué una cachetada.
Elle y yo jugábamos juntas todos los días desde antes de empezar el jardín de infantes. El padre de Elle a veces juagaba con nosotras. Hasta que le dije a mi mamá como era ese juego. Me llamaba mucho la atención su insistencia en que no le contara a mi madre. Fue la primera vez que recuerdo haber desobedecido. Unos segundos antes, le dije a ese mismo hombre mi primer mentira, mis palabras fueron “me tengo que ir porque me llama mi tía” como si pudiera escuchar a mi tía desde la casa de al lado. “Bueno, pero no le digas a tu mamá” me dijo. Cuando mi mamá le comunicó a la madre de Elle ese asunto, ella respondió que su marido solamente se hacía “el loco”. Mi padrastro me prohibió que siga juntándome con Elle, afortunadamente, cuando mi padrastro salía de viaje de negocios, mi mamá la invitaba a mi casa si la veía pasar por la vereda. Más o menos al mismo tiempo, alguien me dijo que dejara de llamar a mi padrastro por su nombre y lo empezara a llamar papá, sospecho que fue mi tía, pero nadie lo recuerda con exactitud. Lo que mi madre recuerda es que quedó petrificada cuando escuchó que llamé papá al señor Gregor. Sin embargo, para referirme a mi padre biológico, nombraba a mi “papá verdadero”. Hasta el día en que se me ocurrió preguntarle a mi mamá su nombre y empecé a llamarlo Edgard.
Mi estadía en el jardín de infantes fue bastante satisfactoria, era un jardín municipal, mixto y todos los que trabajaban ahí eran realmente adorables. Hice varias amistades que duraron años. Recuerdo algunas cosas claramente, como por ejemplo que los varones me corrían diciéndome Julián, por un personaje famoso de la tele; que Lucas se escondió secretamente en el baúl de los juguetes de las nenas y asustó a una compañera cuando lo descubrió; que un día se me trabó el cierre del pantalón y a mi compañerita se le ocurrió pedirle ayuda justamente a Johann, el chico que me gustaba, que de vez en cuando me hacía pis encima y la maestra me cambiaba; que me quería llamar Pipi, como la hija de la cocinera. Recuerdo que mi actitud era mayormente contemplativa, probablemente siempre haya sido un poco arisca o zen. Hace un par de años alguien olía a una de mis maestras en el colectivo. Algo muy floral.
PARTE 2 23:06
Corría el año 19… y mi insomnio se empezaba a hacer notar. Me quedaba mirando televisión y sacándole las cascaritas de la caspa a mi hermano dormido.
Lo primero que recuerdo de la escuela fue que formábamos en fila de dos de las más bajas a las más altas, que era vergonzoso estar entre las primeras porque ser baja era motivo de burla para las más altas, lo segundo es que era vergonzoso no saber las canciones y oraciones que todas sabían de memoria (el padrenuestro, el ave maría, la canción a la bandera, el himno nacional, etc.) También me daba vergüenza no conocer a nadie, y que cada vez que trataba de entablar una conversación me hacían a un lado, o me daban la espalda, simplemente porque no había cursado el jardín de infantes con ellas. Recuerdo que todavía me hacía pis encima lo que no era vergonzoso ni humillante para mí, sino normal, y que las maestras no me dejaban ir al baño en horario de clase. La profesora de gimnasia le hacía invitaciones amorosas a mi señorita de 1º grado, pero que después cambiaron a la profe de gimnasia y empezamos con otra que se llamaba señorita Florisbela, que era más “femenina”. Una vez me quedé encerrada en el gimnasio y mi maestra no se dio cuenta de mi ausencia hasta que Flora, mi compañera de banco, dijo –falta Juliana- pero para esto yo ya había llorado lo suficiente y hasta me había quedado afónica de tanto gritar e incluso me había resignado a vivir encerrada en el gimnasio para siempre, así de dramática era de chiquita. No creo haber cambiado demasiado. Cuando Flora dejó el colegio por problemas de salud, me empecé a juntar con las compañeras que también eran vecinas y volvíamos caminando juntas hasta nuestras casas. Aparte nuestras madres se habían empezado a tratar también. Así se formó un grupo (o dos, el de madres y el de hijas) que más que amigas éramos vecinas. Mi tercera mejor amiga, después de que se rompieran los vínculos con Elle y Flora, fue Belle, mi vecina más cercana. Jugábamos a los novios entre varias, pero Belle nunca quiso y aunque no entendía por qué, no me llamaba la atención tampoco.
Se me olvidaba, me costó mucho aprender a escribir, siempre fui bastante mala graficando, o grafiteando, en este caso, pero también me costó muchísimo aprender a sumar y restar, así que la maestra le recomendó a mi madre que me cambiara a una escuela para personas con problemas mentales. Mi madre me llevó en ese entonces a una psicopedagoga y a una psicóloga y ellas le dijeron que estaban de acuerdo, entre ellas, en que yo era mucho más inteligente de lo normal. Mi madre nunca supo decirme bien como habían llegado a esa conclusión, sin embargo le creo. Soy buena entendiendo cosas complicadas, pero no las fáciles, esa es la razón de intentar hacer este libro, e-book, o el formato que permita leerlo a la fecha.
Parte 3 1:47
En tercer grado tuve una maestra con la que jamás simpatizamos. La señorita Mumu. Mumu era exigente, y la preferencia con un par de compañeras era éticamente desagradable para el curso entero y sus madres, exceptuando a ese par. No recuerdo más que eso, salvo que quería que yo repitiera el curso, pero no lo hice, las maestras particulares fueron de gran ayuda. (Gracias seño Alicia, me exigiste con amor). En cuarto grado tomé la comunión. La maestra era una de las hermanas del huerto, una muchacha entrerriana extraordinariamente carismática, alegre, amorosa, y sabía muchas canciones con bailes de gestos acerca de Jesús, sus amigas eran la hna. Juana y la hna. María, que eran muy divertidas también. Ese año todas nos destacamos con las notas y con la conducta. Ese año, todas, nos hicimos católicas, y nos creamos una fe enorme, más por el cariño inmenso de la maestra que por cualquier otra cosa. Fui ciegamente católica hasta mis dieciséis años.
De quinto grado solamente recuerdo un detalle del primer día. La palabra “RESPETO” del tamaño exagerado de todo el pizarrón, Fue escrita por la maestra inmediatamente después del saludo. Y una explicación larga y amenazante que no recuerdo en detalle. Pasó sexto con la división de materias según de que se tratara, la primera división de maestras por especialidad, más dificultades en el aprendizaje, nuevas maestras particulares, nuevamente safar casi por milagro. En séptimo empecé con las depresiones, los segundos cigarrillos (Los primeros fueron demasiado temprano), la primer borrachera (con sidra) en un cumpleaños familiar (algo así) y nuevamente a terapia. Después de mucho insistir en eso de que me lo diga, la psicopedagoga afirmó que mi coeficiente era de 89. Volví a mi casa llorando. Anteriormente, cada vez que me peleaba con mis amigas le decía a mi madre que yo misma era estúpida, y mi madre argüía que las profesionales habían dicho todo lo contrario. Así que con esta noticia empecé a tomar mis vinos nocturnos... nah, eso fue a los dieciséis.
Y llegó octavo. La primera vez que tuvimos profesores y no maestras. Como siempre, empecé bien, después todo se va degenerando. Estaba muy orgullosa de llegar a lo que en diferentes épocas se llamó secundaria. Y a mi primer profesora le pregunté acerca de su método para calificar los exámenes. Gran pregunta, que no me servía absolutamente para nada. Aparte la llamé “Profesora” y no “Señorita” sin dificultad. Me animé a hablar a pesar del enorme miedo a ellas que nos habían metido: “Prepárense porque a las profesoras no les van a poder decir que se olvidaron la tarea en casa” (Como si esa excusa realmente nos hubiera servido de algo alguna vez), “Ahora sí que van a tener que estudiar” “Eso será su preparación para la Universidad” “Si no obtienen buenas notas a la Universidad ni se acerquen” y de paso nos dejaban bien claro que debíamos sí o sí llegar a la Universidad. (¿Universidad viene de Universo?)
Noveno año lo cursé a los ponchazos, como siempre, descubriendo que la profesora de literatura, Carina Numeral, era una gran pedagoga, aunque me parecía una maldita al principio, logró que me esforzara por su materia, y realmente me satisfizo rendir adecuadamente. La profesora de Química y yo creo que tuvimos un idilio platónico, yo la miraba fijo y ella se ponía nerviosa y se reía. Pero eso fue culpa de la profesora de matemática, que, harta de que nunca estuviera concentrada en sus explicaciones y mi bajo rendimiento, me levantó el tono manifestando que así nunca iba a lograr una nota decente en su área. A modo quizás, de burla, miraba fijo a todas y todos los profesores y profesoras que explicaran un tema de examen o comentaran sus vacaciones invernales. Les puedo decir con exactitud a donde viajó cada profesor/a el invierno de mil novecientos noventa y ocho y cómo la pasó. Es extraño, pero nadie discutió con su pareja ni tuvo que retar reiteradamente a sus hijos. Gran año, aparentemente. (Está rico el malbec).
Acá empecé a ir a los primeros bailes, en la escuela, a espaldas de mi padrastro que decía que si no sabía ni lavarme las bombachas, menos podía ir a bailar (En ningún momento se me ocurrió lavar mis bombachas para compensarlo, en el fondo sabía que se refería a otra cosa, pero no entendía bien a qué). Acabo de tener otra epifanía. ¡Pero ese hombre no sabía lo que era un forro! ¡Si al menos se hubiera mirado en el espejo, alguna vez!
Se terminó de disolver el grupo de amigas-vecinas, así que, un poco por eso y otro poco por recomendación de la psicopedagoga, me cambié de colegio. Me fui a otro privado católico, pero esta vez, mixto.
Bueno, acá me llamaron feminista, lesbiana, me caricaturizaron mis compañeros artistas, me dijeron el insulto más gracioso del mundo (“Te voy a romper la conciencia”), y créanlo o no, empecé a sentirme humanista, aunque todavía estaba muy en contra del aborto. Era una feminista un poco extravagante, me aboqué al fútbol más que a la escuela, simplemente para tener de qué conversar con los varones. Fui toda una hincha de River y mi equipo salió tricampeón. No me quedaron muchos amigos de boca. Para resumir, admiraba a un compañero de boca que era aplicado en la escuela, pero me gustaba un chico que tenía ojos verdes y era simpático, según mi parecer de la época, no el actual.
Gracias Santa Juliana por el exquisito malbec. ¿Santa Juliana? (Permiso, tengo ganas de delirar un toque) Una vez, salí con un muchacho que (me acabo de acordar que del segundo colegio católico me echaron por pobre, que buena gente, bueno, no debo ser tan exigente, al fin de cuentas, me deben haber hecho un favor… “Mirá che! Era medio resentida!. Menos mal, porque esto es un embole”… Perdón es difícil decir las cosas más picantes. La cachetada que se comió Andrade, el que me iba a romper la conciencia, me hizo feliz un buen tiempo, que bueno que no se la di yo. Nunca supe que fue lo que le dijo a Silvana ese día. Que feo ir a la escuela a la mañana y que encima te echen como una rata. Y por no poder pagar el colegio con la beca que usábamos para comer. Y bueno, precariedades de las mentes, yo también tuve esa forma de pensar alguna vez. Doña Henna tenía razón, ese colegio era para otro tipo de gente, no para una negra como yo. Sin padre, sin fondos, sin remedio… Oh, santo DIOS, SIN REMEDIO! SIN UN PENIQUE, SIN UN COBRE, SIN UN PODER, SIN UN MOTIVO PARA NO ROBAR, SALVO MI FUCKING CATOLISISMO, SIN UN SOCIO, SIN UN CONTACTO, SIN UN ALBACEAS, SI UN TALENTO, SIN UN PADRE SOLVENTE! ) Este, decía, que una vez salí con un muchacho que yo creía, me era infiel, pues nos veíamos solamente una vez a la semana y ambos teníamos muchos más días libres. Así que, cuando me llevó a conocer a sus amigos, no quise bajar del auto, por lo que, cuando su conocido vino a saludarme y preguntó mi nombre, le dije que me llamaba Martes, como el día que corría, a lo que el pibe se me quedó mirando.
Bueno, en esa época por fin logré convencer a mi padrastro de que me quisiera, que estúpida, después de que me había dado la cabeza contra la pileta del baño y todo lo demás, todavía pretendía hacerme querer por mi falso padre! Para que! Para que! Nunca lo sabré. La cosa es que cuando me regaló un muñequito de Pikachu, ese del que yo era fanática, y no sabía que él estaba enterado, un par de días después, se me tiró encima. Para ser más específica (¿Te gustan los detalles, morboso/a?), se tomó un vino o dos con la comida, mi vieja no estaba, mi hermano tampoco, mi abuela y mi tía ya no vivían más con nosotros (mi tía ya se había juntado con el tío y a mi abuela él la había echado por tener novio, -a su edad! ¿Será físicamente posible?), me vino a buscar a mi habitación y me llevó prácticamente arrastrando hasta la suya, me hizo acostar, se acostó encima de mí y separó mis rodillas con una de las suyas. Sí, estábamos vestidos. Fue fuerte, me puse a llorar, diciendo porqué me hacía eso, que él era mi papá, y me dijo que si no dejaba de llorar no me soltaba, hice un esfuerzo sobrenatural y dejé de llorar. ME SOLTÓ. No dije nada a nadie hasta unos tres días después, que desperté sintiendo que me tocaban el culo, y empecé a gritar llamando a mi mamá, él estaba despertándome en ese momento, y le dije todo junto a mi madre, que me había tocado el culo y que hacía unos días casi me hacía algo peor. Me llevó varios años entender que el tipo no me quería violar, sino coger, que pensó que yo tenía ganas, que a pesar de que a menudo me llamara ballena, algo en mi le resultó seductor. De más está decir que no tuve ganas de tener una pareja, o simplemente tener relaciones sexuales, hasta mucho después. Que fue cuando conocí a ¿Cristian? Ya les voy a contar…
Qué gran banda foo fighters… el alcohol puede tener un efecto maravillosamente deshinibidor y… y… desestructurante.
Amo escribir. Me olvidé de contar que a los diez años escribí mis primeros poemas, y mi adorable maestra me daba diez minutos antes de terminar la clase e irme a casa, para leerlos ante mis compañeras. Era maravilloso. Era la única que hacía eso. Me sentía interesante. Me habré hecho ultra católica en esa época y mis poesías serían una verga llena de sentimentalismos y reproches sin mea culpa, pero me hizo sentir de un modo maravilloso. Creo que ella debe conservar mi primer poema, el que hablaba de la pelea con mis amigas “Éramos cuatro amigas” así empezaba y no recuerdo más.
Que buen vino. Es bueno tener una idea guía para escribir. Supongo que mis textos se deben entender mejor de esta manera. Los malbec de Mendoza son todos ricos. Altamente recomendables.
ESCRIBA, SÁQUESE LA BRONCA.
Voy a adelantarles algo, porque soy buena. Uno de mis grupos idolatrados me odia fervorosamente. Nada hace más ferviente mi deseo de intentar hacerme amar por esos mismos detersivos. Soy contrera mucho más que contradictoria. Es una patología, lo puedo aseverar. Quiero que los que me odian me amen y que los que me aman me odien, una vez que lo logre, quiero exactamente lo mismo, una y otra vez. Nunca lo logro. Los que siempre me odiaron, siempre me odiarán. Los que siempre me amaron, no dejarán de hacerlo. Pero puedo lograr que los que apenas me conocen cambien de parecer alguna que otra vez. Hasta allí llega todo mi intento por manipular a las personas. Ojo, esto no es adrede, después de mucho tiempo, me doy cuenta que inconscientemente hago esto. Lo que voy logrando es que mucha gente me odie. Es mucho más fácil hacer que alguien te odie a que alguien te ame. Por algún extraño motivo, me parece que el odio es algo más real y sincero que el amor. Es una estupidez creer esto. Son opuestos, no existe el amor sin el odio. El tao algo de razón debe tener. Por algo aguantó tantos años, sin embargo, instintivamente, o quizás mi idiotez, me hacen creer que el odio es algo mucho más resistente que el amor. Será la propia inseguridad del ser humano, o lo que sea.
¿Saben qué es gracioso? Que quienes me conocen recuerdan mis palabras mejor que yo. Yo digo y pienso tantas estupideces que se me hace prácticamente imposible acordarme de algo. Pero a ellos siempre alguna frase les impacta y se la acuerdan para toda la vida. En cambio para mi, todas mis frases son casi iguales y ninguna me parece superior a otra. Y todo lo que digo o pienso me parece irrelevante, pues mi vida toda creo que es así, salvo cuando sé que lastimé a alguien, sea quien sea, y eso si me molesta por demás. Eso me duele. Lastimar gente que no se esperaba mi estocada. Gente que me veía como amiga, que haya sido herida por mi garra. Me jode realmente ser mala sin querer, o queriendo pero desvalorizando amistades.
Otro adelanto: si yo salía a ver la moto ese día, lo que iba a ver era su Renault doce negro, y me iba a cagar del susto. Pero cagar en serio.
Mañana escribiré sobria, me parece que ya está bien por hoy. Ya escupí bastante.
PARTE 4 01:39
En el 2001 me cambié de colegio, digamos, por fuerza mayor, como ya dije, me fui a otro semi - privado, semi - estatal (siempre hablando de colegios donde asisten los niños y adolescentes) pero sin religión (creo que se dice laico) pero esta vez la cuota era de cien pesos por año (el más económico de todos), y el preceptor le confesó a mi madre que solo cinco personas la habían pagado en todo mi curso, así que…
Esta vez fui perfil bajo salvo en inglés, materia en la cual el profesor dijo que yo era su mejor alumna (creo que porque una vez critiqué la simpleza de un ejercicio). Me hice varios amigos/amigas. Aún conservo uno (creo) a pesar de los diez años transcurridos.
-Me re colgué pensando que una vez escuché a un pibe decir: “Conocí una chica, ¡me es fiel!”-
Creo que de todas formas fui perfil bajo, salvo en la fiesta de egresados. Ahí recién se notó que al fin de cuentas, soy humana y aparentemente, mujer.
PARTE 5 23:51
Me doy cuenta que no me apetece contar los detalles más jugosos, ¡Qué maldita!
Me faltó contar que en alguna de las épocas pasadas, aprendí a tejer, tuve una muñeca llamada Dolly que fue mi compañera fiel desde que nací hasta... Dolly había sido de mi madre, luego, al nacer mi tía fue de ella, y al nacer yo, fue mía, hasta que mi prima cumplió ocho años y con mucho dolor, se la regalé. Una vez Dolly amaneció con el estómago quebrado. Mi resignación fue tan grande que nunca quise pensar en cómo eso pudo haber sido posible. Hace unos meses, se apaciguó mi dolor y pude admitir que el único que me odiaba lo suficiente como para meterle un terrible pisotón, lo suficientemente fuerte para quebrar la dureza del material con el que estaba hecha su barriga, era mi padrastro. Siempre lo supe, recién ahora lo puedo expresar en palabras. Las cosas de ese tipo que aún tengo guardadas y no recuerdo, no las puedo contar, ni en número ni de ninguna manera consciente. A veces mis epifanías aparecen sin ayudarme a resolver nada de mi pasado, solo misterios medianamente sencillos, que simplemente no me atrevía a asumir, aunque siempre los supe. Tampoco es real que me haya dado cuenta que a mi primer compañero sexual le faltaban los pies, es sólo que no tuve valor para asumirlo en ese momento. Y todavía no estoy del todo segura de qué fue lo que pasó. Y aunque sé que él es el, sé que no asumirá que lo es. Contarme, menos. Mis negaciones conservan un poco la estabilidad de mis nervios, sólo cuando no tengo la suficiente confianza en la gente como para quejarme plácidamente.
Tampoco conté que a mi maestra de cuarto grado le contaba todos los días las diabluras de mi hermano, y ella y sus amigas se destornillaban de risa.
Bueno, iba por el 2001. Mientras cursaba el último año de secundaria, empecé a ir a bailar a un boliche para mayores, al que entraba a pesar de mis diecisiete. Conocí a muchos muchachos, no en el sentido bíblico, pero sí besé a algunos. Corría el año 2001, la crisis en mi casa se notaba a raíz de la separación de mi madre y su marido y a la vez por la depresión económica argentina post menemismo (Digo esto como quien dice post guerra). Todo ese año fui a bailar cumbia con una ex compañera del colegio anterior y su prima. Nos habíamos hecho un grupo de amigos en el baile, que de vez en cuando nos traían a nuestras casas en un divertido viaje, un toque peligroso. Mi amiga Mercy estuvo de novia con uno de ellos varios años. Nos habíamos nombrado hermanos, hasta que ella y yo dejamos de ser amigas, por mi culpa. No sé si sea necesario que cuente ese suceso…
Mercy ya no era mi compañera de colegio, pero seguía siendo mi vecina y mi amiga, y, aunque yo había empezado a ir al Centro Cultural- Teatro- bar- sala de conciertos con Lina y aunque la hubiera dejado un poco de lado, me enojé cuando me enteré por otra amiga una novedad acerca de ella que ella misma me había ocultado, a pesar de la relevancia, para la época, del suceso. De modo que, usando su técnica de expresarse mediante cartas, le escribí una muy grosera que decía entre otras cosas, que nuestra amistad se estaba pudriendo y que debíamos dejarla así. Y que si alguna vez nos veíamos, igual podíamos saludarnos. No estoy para nada orgullosa de haber escrito eso. Fue un error. Tendría que haberla enfrentado, establecer mis desagrados y asumir mis errores. Fue una cobardía atroz que me costó una gran amistad. Ella era de esas amigas que valen la pena. Después de unos diez años, pasó por mi trabajo y charlamos un poco, nos pasamos los teléfonos y quedamos en ir a tomar un café que nunca fue degustado.
Evidentemente, estoy obviando muchos puntos, detalles de mi pelea con las chicas del primer colegio, detalles de mi separación de todas mis amigas en general, otras supuestamente grandes amistades que tuve, mi relación con mi hermano, cómo la mamá de Lina decía ser peluquera sólo para hacer añicos mis hermosos rulos, dejarme un corte de varón y arrancarme los pelos disimuladamente hasta que por fin me decidí a decirle a mi madre que mejor, me dejaba el pelo largo, y los viajes a Dolores, cuando Lina vivía allí, y ese viaje donde me dijo “¡Vos no sos mi prima!” y que mi hermano Mirko y yo, íbamos caminando de la mano y golpeábamos la puerta para darle la sorpresa de que habíamos llegado, etc. No puede ser que mi vida hasta acá pueda resumirse en tan pocas palabras. Tampoco conté que me despedí de mi verdadero padre un día, en un bar, cuando yo tenía un año y medio, y recuerdo (sí, recuerdo, el bar y un par de regalos) que me dio un llavero con forma del logo de Ford, ovalado, que era el llavero que estaba de moda en esa época. Que lo volví a ver cuando tenía quince años y que fue un episodio emocionante y desagradable, aunque no fue su culpa, sino que quizás mi tía Miriam tenía razón y yo era una malcriada, que con mi abuela paterna siempre nos escribimos cartas, con mi prima Cristina también, que tengo un montón de primos paternos a los que conocí muy poco, de mis grupos de amigas de los otros colegios, de las fiestas de cumpleaños, de mis quince en general, de mis amigos varones, de los golpes que le daba la madre de Belle a ella y a su hermanita, que eran adoptadas y a quien la psicóloga de la escuela felicitó por su buena crianza, de Tiara, mi otra mejor amiga durante años, con quien fui mucho tiempo a bares, de nuestras similitudes y diferencias, de mis besos con chicas, de las inocencias extremas, del muchacho que estaba en todos lados, de los programas de radio nocturnos, de mi continuidad como ser literario, etc.
Creo ir llegando al motivo de todas estas notas. Voy a dejar aquí hasta, probablemente, mañana por la noche.
PARTE 6 1:27
Ya se me fueron las ganas de continuar esta historia. No sé si realmente es vagancia. Creo que siempre me termino aburriendo de mí misma, así como todo el mundo se aburre de mí. Me siento, sin embargo en la obligación ¿moral? De continuar esta historia, aunque sea a las apuradas. Algún día la corregiré, algunos días.
Retomo en el bar multifunción. Recién allí, de mano más de La Ime que de Lina, empecé a escuchar sobre lo que todavía se puede llamar, creo, historia argentina reciente, un tema fuerte que muchos trataron de olvidar, por conveniencia. Sin embargo, yo escuchaba como de lejos, sin entender bien cuál era el tema (Fui a colegios donde no me enseñaron una palabra de todo esto, y donde la orquesta militar venía una vez al año a tocar al colegio). Me daba la sensación de que era uno de esos tópicos de los que no se podía opinar sin estar mínimamente informado. Así que no me sirvió más que para saber que era un tema relevante, del cual yo no tenía conocimiento, pero tampoco me animé a preguntar en ese momento.
PARTE 7 19:20
La parte menos interesante, mis amantes. Sonrío. A los 21 (corría el 2005) salí con otro muchacho, un mes. Me conquistó mirándome y solamente con eso. Tenía linda mirada. Lo hacía desde la barra del bar en donde me encontraba, el que llamé anteriormente “multiespacio” pero no tiene nada que ver con los multiespacios actuales, que en realidad son boliches bailables donde de vez en cuando toca una banda o un dj famoso. Retomo, caí enamorada por una tontería, me acarició el ego y listo. Iba seguido a su casa que quedaba cerca de la mía. En ese momento estaba en primer año de servicio social, carrera que abandoné al segundo año y de la cual promocioné tres materias y aprobé una cursada sin final. Al mes el muchacho se me perdió y durante unos 30 días no lo volví a ver. En esos 30 días conocí a dos muchachos, que besé, la segunda semana uno, y la cuarta el otro. Con los dos estuve cerca pero no demasiado. Ambos músicos pero uno estudiante de filosofía y otro pintor de obra. Pero después de ese mes el segundo amante reapareció en el mismo bar, y creo que solamente de mi parte continuó el romance, es probable que se haya corrido la voz de que no lo esperé demasiado. El ya no se comportaba igual (de regreso, nena, ya sabes 30 días a la sombra. que se yo, nunca tuve la certeza) y yo no me di cuenta. Así que me arrastré dos meses más, hasta que una tarde volvió a su casa, yo estaba allí, diciendo que había dormido con una chica. Para abreviar la historia. Me fui a mi casa cabizbaja, algo deprimida, y unas horas después, ingerí 10 pastillas de lorazepan intentando dormir hasta la amnesia. Desperté a las 24 horas con la memoria aparentemente intacta y me tomé otras diez de lo mismo. Con agua ambas veces. Desperté gracias a mi madre, que me hizo levantar y caminar diez cuadras hasta el centro de salud (mis pasos demostraban ebriedad) y así cambié de psiquiatra. Me cambiaron el haloperidol y el lorazepan por risperidona y clonazepan. Que sigo tomando diariamente. Me van cambiando la dosis según mi estado de ánimo. O me la cambio yo según el tiempo transcurrido y los efectos adversos que noto. A fines de ese año conocí a un muchacho, varios años mayor que yo, con el que salí cinco años. El último año él hizo un tratamiento de salud que modificó su personalidad, pensé que me engañaba, que consumía cocaína y eso lo ponía tan alterado, que me odiaba (lo hacía, por largos y angustiantes momentos), etc. Lo dejé. Volvía llorando pidiéndome perdón. Pero no podía controlar su temperamento. Lo volvía a dejar, volvíamos, y así varias veces hasta que me decidí, y me acosté con un chico con el que chateaba, que me gustaba quizás más por la diferencia con él que por otra cosa. Lo dejé, esta vez anunciándole mi infidelidad. Me quiso perdonar y volver. Pero resistí. Lo amaba, pero no quería llorar más. Salí cinco veces con ese otro muchacho (que según dijo, era camionero, pero no estoy del todo segura) pero no eran más que encuentros sexuales. Así que empecé a bardear y me eliminó después de varias muestras de su tolerancia, cosa que yo no hubiera logrado. Antes que eso, empecé a salir con otro muchacho, músico, actor, escritor, con el que aluciné un romance, con ayuda de sus métodos de conquista. Me inspiró un par de basuras que en ese momento creí verdades. Si sienten olor a despecho, yo no soy. No sé qué es eso. Salí durante un mes, no exclusivamente porque me permití conocer a otras personas, pero ninguno me gustó. Aunque con uno, músico también, me emborraché y tuve sexo en la tercera cita. En la cuarta no, y esa fue la última. Transcurridos dos meses busqué al que fue mi pareja por más tiempo, había terminado el tratamiento y su carácter era apacible de nuevo. Volví con él, salí un año más, me casé y llevo dos años de matrimonio. Hace poco volví a ver al músico con el que aluciné. Esta vez no aluciné, fui pragmática, terrenal, y por sobre todo, esquiva. Solamente buscaba una aclaración. La conseguí en un porcentaje demasiado bajo. Le pasé un poco de factura y ya no fui más a verlo. Le comenté que nunca me volvería a acostar con él. Probablemente con los otros tampoco, pero a quien le importa.
PARTE 8
Tengo que contar algo, pero siempre me cuesta y tiene muchos enredos.
Empezaré transportando un texto que hice hace unos días Lo llamé “Gris”:
Griselda tenía diez años cuando en la esquina de su casa, el Gato y ella tuvieron su primera de esas conversaciones en donde dos terminan enamorándose. Conectaron. Unos minutos después de esa primera charla, donde las otras dos personas quedaron absolutamente relegadas del tema, su amigo se acercó hasta la casa de Gr. Avisando que el Gato preguntaba si ella quería ser su novia. Griselda dudó unos segundos, decidió que era muy joven para quedar embarazada, y respondió que no. Segundos más tarde le llovía desde la esquina una enumeración indiscriminada de defectos irrelevantes (Sí, irrelevantes) que ella poseía. –ahora si/ le pegó mal- pensó y olvidó para siempre al muchacho.
El texto es una cagada, lo admito, es solamente introductorio con la aclaración de que es autobiográfico. Y que le faltan detalles.
El primer chico con el que intenté tener relaciones sexuales. Lo conocí en un bar. Lo vi e inmediatamente desapareció del mapa todo el resto de la gente, no podía dejar de mirarlo. No puedo describirlo. Sabía que era él. No sé porqué. No tuve en cuenta nada más. Yo tenía veinte años y nunca había estado con un hombre que deseara sexualmente, o algo más espiritual que eso. Flayé. Me cuesta mucho describir esto. Noto que mi forma de escribir y de hablar es asquerosamente cursi. Iría a un taller de escritura para que me ayudaran a sacármelo.
PARTE 9
Es una historia que conté verbalmente cientos de veces, pero para escribirla se me hace mucho más duro, duro, duro, duro de domar…
Versión corta: Creo que el Gato, Cristóbal (El chico de mi primera vez), el poeta que leyó el poema de los odios (Que estudiaba filosofía) y mi mecánico dental (con otro nombre) son la misma persona. Sé que es así, pero nadie me lo quiere confirmar, y me siento demasiado estúpida como para preguntarle al mecánico directamente, así que le pregunté si tenía algún apodo de chico. -Piyu!- Respondió. Pero pienso que puede significar lo contrario de Yuppie, iupi, yupi, piyu. O Goliat. Y Goliat, era el nombre del Gato, el que me dijo si quería ser la novia. Y después me re bardeó. Por otro lado, el chico de mi primera vez respondía bardeando varias veces.
PARTE 10
No publicaré eso.
Frío, a pesar del calor. “Civiles visibles me aturden: Miren en sus hijos las ventanas al mañana.” Iluminate ft. Los Cafres.
Tenés trabajo? Qué suerte! Querés trabajar! Qué valiente! Querés ser una larva? La depre que te vas a agarrar, ni te cuento. Yo he sido larva, uno dice que después te convertís en mariposa. Yo todavía estoy esperando… gorda, retorcida, verde. Siempre joven, si, pero los pelos que significan… vejez viruela. Viruela en la vejez. Estalliditos de vida. El resto, es muerte, solitaria muerte. Aburridísima. “Alejate de la bestia” y como las larvas, somos pequeñas bestias… SE BUSCA SATÁNICO PARA RELACIÓN FORMAL. Los sueños, sueños son… dicen por ahí. Estoy agotada de tanto soñar despierta. De eso me agoté. Juro que no puede haber sido otra cosa. Todo lo que hago es muchísimo menos de lo que dicen hacer los demás. El más vago que conozcan, pierde por varios cuerpos conmigo. “No hacías más que escribir” Fito se hubiera enamorado de mí también por eso, y eso que estoy escuchando salmo a Bob Marley, búfalo soldier, pericos. Un resoplido en la cara. Alguien dice que no tengo demasiado frío, en chiste. Pecho frío, para decirlo, es porque saben de qué hablan. Me dio sueño, pero mucho. Casi me duermo frente a la computadora. El frío me da sueño. Me fijé si la computadora me decía la temperatura, pero me acordé instantáneamente que no.
“Civilly don´t, don´t, civilly don´t don´t, it´s the Kingston time now, it´s the king´ s time town. (Alborosie)
Me rodean animales enfermos y moscas. Por si, como en alguna red social, querían saber mi estado actual.
FIN
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